Frecuencias mediterráneas

Tenía catorce años y mis padres me habían mandado a un internado franciscano, uno con claustro gótico y habitaciones austeras, sin posibilidad de posters en las paredes y con apagado de luces a las diez de la noche. Alejado de mi casa, de mis amigos y a oscuras, las noches se me hacían eternas. Un transistor de 500 pesetas me salvó la vida.

Desde entonces no concibo la soledad sin el sonido de una radio. Podría enumerar todos y cada uno de los momentos en que más solo he estado, por imposición o deseo, junto al aparato de radio y el tipo de emisión que me ha acompañado. Las voces me mantienen conectado con la sociedad como un cordón umbilical, como la línea de vida de un espeleólogo que se adentrase en la oscuridad de una cueva. Hay algo placentero ahí que me cuesta describir.

Hace unos días, volvíamos de pasar parte de la Navidad en Mallorca, en familia, y en mitad del trayecto de ferry me salí un rato a cubierta y probé a sintonizar la onda corta con un pequeño receptor. 

Las conversaciones de radioaficionados de todo el continente (llegué a escuchar hasta de Lituania) y las emisoras remotas brotaban como flores en primavera. En mitad del mar, sin cobertura de móvil, sintiéndome alejado del mundo pero notándolo vivo.

Me he venido unos días al refugio a ordenar ideas. Enfoques.net, nuestra plataforma de cursos en video, ha empezado a rodar con fuerza y se hace oportuno ampliar el capital del Instituto Tramontana a algunas personas que quieren invertir. Decidir los pasos y saber explicarlos es de lo más importante que haré en 2022. Más me vale tenerlo bien meditado. 

El refugio me da ese tipo de momentos de aislamiento radiofónico, más desde que me saqué la licencia de radioaficionado y disfruto de la sensación de poder estar donde nadie me ve ni me oye, en una aldea cuasi-abandonada, pero pudiendo hablar con alguien que está en otro continente. Las ondas salen de la antena y rebotan en tierra, mar y cielo hasta llegar a un desconocido que contesta, intercambia algo de conversación y me desea feliz Navidad antes de cerrar con un “73”, que es la manera de despedirse cordialmente entre radioaficionados.

Otro placer solitario que alterno con el anterior es escuchar Voice of Greece al atardecer. Hoy más, pues las voces mediterráneas me recordaban los cantos del campo de mi tierra. Me refiero a esto:

No podemos evitarlo, el Mediterráneo es uno y único. Su manera de sentir el deber, el placer y el dolor suena en una frecuencia que llevamos sintonizada por defecto. Intuyo cerca el día en que convertiremos eso en un impulso y un motivo para crear conforme a sus (nuestros) propios códigos.

Metaverso, lo inmersivo y lo emersivo

La idea de hacer la compra en el metaverso empujando un carrito hace más aguas que la nao Victoria en la Expo 92; sí, la que se hundió nada más se botada y casi acaba con la vida de Curro. Naufraga por dos motivos, veamos:

El primero: es un caso de efecto retrovisor McLuhaniano (usar tecnologías nuevas para afrontar retos viejos) de libro. Nos dan una tecnología que plantea escenarios completamente innovadores y a alguien se le ocurre usarla no sólo para algo ya resuelto, sino para resolverlo IMITANDO exactamente cómo se hace en el mundo real, con todos sus defectos. Es decir, confudiendo simulación con inmersión. Un clásico.

Mítin de Gaspar Llamazares en Second Life. Parecía una buena idea.

Vayamos con el segundo motivo, un error más común pero ojo, menos evidente. Lo explico con un ejemplo real:

Hace unos años, cuando Oculus sacó sus primeras gafas y Google empezó a promover sus gafas de VR hechas de cartón, aparecieron algunas empresas de consultoría de realidad virtual. El CEO de una de ellas me dijo en una ocasión que perdíamos el tiempo diseñando apps, porque en poco tiempo el correo electrónico lo despacharíamos virtualmente, pues todo el trabajo ‘ofimático’ que hacemos hoy en día (excels, presentaciones, correos electrónicos, etc.) se haría de forma virtual. Poco tiempo después, empresas como aquella malvivían haciendo demos en ferias de turismo.

Esta persona, quizás sobreentusiasmada con su propia tecnología, no entendió una cosa: hay experiencias que reclaman y demandan más inmersividad, pero hay otras que cuanta menos, mejor. En otras palabras, yo no quiero un email virtual, yo quiero poder resolver los mensajes sin siquiera mover un dedo, mientras me ducho o conduzco, gastando el mínimo de energía mental. El email es una tecnología que no quiere ser inmersiva, sino emersiva (por usar el antónimo). No me quiero meter en ella, quiero sacarla de mí. Y lo mismo pasa con hacer la compra en remoto (otra cosa es ir al mercado a comprar, mucho más senssorial y consciente, ojo).

Cómo hacemos que una tecnología sea ‘emersiva’

¿Cómo hacemos que una tecnología sea ‘emersiva’? Pues reduciendo su coste cognitivo al mínimo:

  • automatizando todo lo automatizable

  • minimizando la cantidad de interfaz

  • evitando los comandos y lenguajes específicos

  • haciendo que sea simultaneable con otras tareas

  • haciéndolo ubícuo e independiente del dispositivo

En el caso del correo electrónico, las autorespuestas y los filtros de spam son un paso, pero todos sabemos que el mejor cliente de correo será el que incorpore Alexa con su capacidad de procesar lenguaje natural. Ese día, cuando podamos contestar un mensaje en la ducha con un dile que lo apunte y lo vemos en la reunión del martes. Ah, y pregúntale que qué tal su Navidad, entonces habremos hecho un email más emersivo y, por tanto, mucho mejor.

A nadie se le ocurre hacer una interfaz virtual para la domótica del hogar, ¿verdad? Imagina tener que encender y apagar luces con las gafas y los guantes. Subir o bajar la persiana, encender una lámpara o encender la TV deberían parecerse a la magia; los comandos de voz son un avance, pero sería aún mejor, más eficiente y cómodo, poder hacerlo con un gesto de la mirada, levantando una ceja o con un sutil movimiento de la mano, que son comandos con mucha información cuando el receptor conoce tus códigos.

Habrá quien se pregunte qué usos, funciones, problemas o necesidades deben ser inmersivos y cuáles emersivos; cuál es el criterio de triaje de experiencias, cuáles van a una caja y cuáles a la otra?

La cosa se complica ahí, pero hay algunos criterios que pueden ayudarnos a decidir. Tareas tediosas y repetitivas, tecnologías que son medio y no fin… Casi todo lo que tiene que ver con finanzas, gestión o comunicación, mejor cuanto menos inmersivo.

Y qué demanda inmersividad

¿Y al revés? ¿Qué necesidades podemos resolver mejor desde la inmersividad? Partamos de tres axiomas del diseño emocional y la inmersividad:

  1. Sólo recordamos aquellas vivencias que nos han provocado una respuesta emocional.

  2. Al grabar una vivencia en el recuerdo, grabamos también el registro sensorial de la vivencia.

  3. Las experiencias inmersivas logran su intensidad desde la sensorialidad: apelan más fuerte a más de un sentido.

Está claro entonces, ¿no? Merece más la pena hacer inmersivas aquellas experiencias que tengan connotaciones emocionales, sean de ficción o no.

Las de ficción son obvias y el mundo del videojuego, que va veinte años por delante del diseño de interacción convencional, lo ha demostrado ya. En esos casos, lo virtual es ambas: simulación e inmersión. Y cuando ambas coinciden en coherencia, ocurre algo mágico en ficción: la suspensión de la incredulidad, el ingrediente imprescindible para que aceptemos como verdad, aunque sea por unos instantes, lo que en la realidad no contemplamos.

¿Y cuáles son las de no-ficción? Caben muchas respuestas ahí, dependiendo del sistema de valores en el que nos situemos como diseñadores, pues el diseño es cultura, especialmente cuando decide qué problemas y necesidades resolver y cuáles pasar a un segundo plano.

Propongo tres ejemplos y que cada uno decida con cuál se siente más representado:

Familia: mediante un sistema de altavoces y micrófonos, reproducimos el espacio acústico del salón de casa en el de casa de mi madre y viceversa, de modo que ella siente a sus nietos alrededor, los oye con altísima fidelidad, y ellos la oyen a ella, como sie estuviese sentada en el sofá con ellos. El sistema está activo toda la tarde y, aunque ella viva a seiscientos kilómetros, gracias a la realidad aumentada acústicamente, nos sentimos al lado.

Comunidad: ancianas de pueblos semi-abandonados de una comarca de Teruel se encuentran en el metaverso para habalar de sus cosas y recordar otros tiempos, ahora que su movilidad está reducida y el centro de salud donde se encontraban está cerrado.

Nostalgia y morbo: mediante imagen y sonido revivimos épocas de nuestro pasaado de las que ya hay suficientes registros digitales. Eliges un día de tu vida y lo vuelves a vivir, o incluso vives la de otra persona. La idea no es nueva, me suena de algún capítulo de Black Mirror. Pensando a futuro, quizás sirviese para revivir la vida de alguien de la familia o para que algún famoso se lucrase permitiendo que nos metiéramos en su piel y viviésemos lo que él vive.

Publicidad: nuestro proveedor de acceso al metaverso (o a la realidad modificada) nos hace un descuento por aceptar product placement constante. Nuestras amistades llevan zapatillas Nike y en la barra del bar está George Clooney tomándose un Nespresso.

Simulacro: los filtros que nos mejoraban el aspecto en Instagram van más allá, previo pago: hacen cancelación selectiva de sonido (fuera ruido de coches, fuera sonidos estridentes o incluso que todo suene con ‘skins’ acústicos que le den un toque u otro a la realidad). Yendo más allá, permiten “mutear” a ciertas personas o que cuando se hable de ciertos temas, suba o baje el volúmen de la voz de quien los emite.

Los ejemplos son infinitos y aplican a todos los ámbitos, más allá de los clichés de la educación, la cirugía y las que ya han anticipado multitud de series y películas (probablemente las que yo sugiero sean de esas sin yo saberlo).

Ficciones y futuribles aparte, el ejercicio más valioso a corto plazo para cualquier persona de diseño o producto digital está en entender que algunas necesidades mejoran con inmersividad y otras con lo contrario pues tan importante e innovador es lo inmersivo como lo emersivo, aunque lo segundo logre menos titulares.

Una conversación sobre la belleza

Las mal llamadas mesas redondas suelen ser un formato aburrido. El turno de palabra mata la espontaneidad y lo que tendría que ser una conversación, una trenza irregular pero entretenida, acaba siendo una secuencia de monólogos inconexos. Esta, sin embargo, salió bien.

Fue en primavera del año pasado, con Jesús Terrés, Maite Sebastiá y servidor, que se lo pasó en grande y estaba desatado. Hablamos sobre belleza desde varios puntos de vista con vehemencia. Fuimos de Platón a Cocó Channel, de Lutero a C. Tangana y de Dieter Rams a Lutero, no quedó títere con cabeza.

Juzga tú mismo, si te animas a verlo y dame tu opinión, de la charla o de los temas que tocamos, en los comentarios, que para eso están.

HfG, final.

En 1968, tras muchos conflictos, disputas y problemas de financiación, la Escuela de diseño de Ulm cerró sus puertas. Era primavera y la decisión ya estaba tomada. Su gente, aceptando el final, se relajó y celebró. En esta fotografía del momento hay más corazón que en toda la historia anterior de la escuela.

El cortejo, el vino, la música en la terraza, el vino, los niños… Parecieran mediterráneos.

Hace unos años, al verla y entenderlo todo, le dediqué estos versos:

HfG, final.

Hormigón,
línea recta,
estructura inmaculada.

Pasión desafecta.
Frío, niebla y escarcha.
No conoce lágrima
ni carcajada.

Asepsia transparente.
Desinfecta, desafecta,
estirada.

Apolo joven,
corazón de plexiglás,
entrañas de estireno,
piel de celuloide.

Sístole calculada.

Ese día fue distinto.
A punto de claudicar,
primavera del sesenta y ocho,
facturas acumuladas.
Nada que celebrar.

Y sin embargo,
o quizás por eso...

Tú última lección,
diástole liberada.

Porque todo se derrumba,
sonrisas, vino y cortejo.

Te impartió la clase,
te besó la entraña,
te hizo reír y llorar,
te salvó el alma
Dionisio el viejo.


Este post es parte de las cartas que envío desde “De Ulm a Cádiz”, un boletín donde comparto reflexiones personales en torno al diseño y sus territorios colindantes. Si deseas recibir estas cartas en tu buzón, suscríbete aquí.

Alma, de santana

Escribe Javi Santana sobre cosas con alma con ese estilo tan suyo, natural, nada pretencioso y diría que hasta modesto. Y sin embargo, lo que dice tiene calado, siempre. Empieza así:

En el año 1999 un fulano se presentó al rally París-Dakar con un coche perdedor. El Dakar es un rally que dura unas dos semanas, pasa por caminos de cabras, dunas y otras tantas sendas donde un coche de calle no avanzaría ni un palmo […]

Pero lo ganó.

Me encuentro en su último post, mucho. Vivo rodeado de ‘cosas’ cuya esencia y belleza están por encima de la practicidad, cuya utilidad está no sólo en el uso sino en el placer que ese uso le aporta al alma; cosas a todas luces costosas y difíciles de justificar desde lo racional. Y sin embargo, estoy preparado para justificar la existencia y la posesión de cada una de ellas.

El progreso de antes

Estaba prácticamente saliendo de casa para bajar a Cádiz cuando llegó, de Alcaná: “La españa que usted no conoce”, un libro magnífico, cargado de fotografías, que da testimonio de esa España que empieza a reclamar modernidad. Eran los tempranos años sesenta y el país gritaba “eh, no me mires el folklore, mírame el progreso”.

El prólogo deja las cosas muy claras desde el principio:

Cuando salimos a correr mundo, lo hacemos por dos motivos principales: ver aquello que todavía perdura del pasado o admirar lo que constituye o nos parece constituir una superación de aquél. En otras palabras, o viajamos en busca del tipismo o bien en pos de las manifestaciones del progreso.

[…]

La curiosidad por la superación del pasado es también de esa época aunque responda a impulsos exactamente opuestos a los que determinan el interés por el tipismo. Lo que se busca, en este caso, es lo nuevo, en el sentido moderno, es decir, las manifestaciones del progreso en sus aspectos y derivaciones acaso más esencialmente técnicas: las grandes ciudades, las grandes instalaciones industriales, los grandes hoteles, las realizaciones del confort, el nivel de vida...

La manera en que un país se cuenta habla mucho de la lucha entre su volksgeist y el zeitgeist, entre su esencia y el espíritu del tiempo que está viviendo. Ver cómo se mostraba España al mundo hace setenta años y no fijarse en cómo lo hace ahora sería un desperdicio. 

Tengo ganas de dedicarle una tarde de domingo, con calma, para saborear cada foto, cada pasaje. Subiré aquí lo que me llame la atención. Si hay alguna ciudad por la que tengas interés, dímelo en los comentarios y subiré imagen del capítulo en cuanto tenga un ratito.

Adiós, twitter.

Mi 2022 empieza con una decisión. No es propósito, es un acto. No es algo negativo, es profundamente constructivo: me voy de twitter.

Voy a recuperar la entrega a los libros, la relación monógama que establecemos cuando decidimos conceder nuestro excedente de tiempo a una voz que nos conecta con otros momentos y lugares.Volveré al cuaderno, no como soporte, sino como los apuntes que son puente entre el libro y la acción, entre la potencia y el acto, entre el intellige y el crea.

Twitter ha dejado de ser un espacio de intercambio para ser un gran escenario donde demostrar y confrontar. Poco nace en ese cuarto sombrío y sin ventilar, donde el aire ya se ha respirado cien veces y provoca delirios intoxicados.

Recuperaremos el intercambio sosegado y razonado de ideas y puntos de vista; primaremos la conversación sobre la rotundidad y la reflexión sobre la inmediatez. Si hay que crear redes nuevas, las crearemos, si hay que propiciar encuentros, los propiciaremos.

Más cultura, más conversación y más creación.
Sol, brisa y cielo abierto.



Activista

En esto del diseñar
hay productos y hay servicios,
hay pantallas y botones,
relojes, móviles, ratones,
hay virtudes y hay vicios.
Qué te puedo yo contar.


Está quien dice y también hace,
quien que haciendo no dice,
el que blasfema y maldice,
y el que sin hacer no puede callar.


Quien critica y siempre llora
desmerece al que se aplica,
al que estudia y bien practica,
al que ora et labora.


Y llegada la hora no cuenta
ni color, ni talla ni edad,
ni carnet ni pasaporte,
ni guapura ni fealdad.


Que la cosecha sólo sabe
de entendimiento y trabajo,
de siembra, sol y labranza.
No importa ser plebeyo o señor
ni querer ser punta de lanza
de un ejército salvador.


El diseño mejor vende
si bien hecho y bien contado,
siempre así, nunca ha cambiado.
Lo sabe quien atiende,
y estudia bien el pasado,
que el corcel antes fue potro,
no hay lo uno sin lo otro
y nada viene regalado.


Sin sembrar quieres colecta,
y bien ansías la del vecino,
caminante no hay camino
si poco quieres andar.


No eres arco ni eres flecha,
churrullero sin profesión,
activista de salón,
he ahí tu vicio ladino.

Prefieres quemar cosechas
antes que fermentar el vino.

Cosecha (Kodak Portra 200 de formato medio)

Ulm

Nos exponemos a la trascendencia y ella misma crece en nosotros. Una vez que hemos visto dónde y cómo existieron quienes crearon, quienes dieron forma a las grandes ideas por las que nos regimos, sentimos y necesitamos que nuestra existencia esté a una altura digna. 

Esa sensación no puede ser mala. Nos exige dar, pensar y trazar más y mejor. Cómo iba a ser eso malo. Exige, eso sí, un ejercicio previo: ¿En qué creo yo? ¿Cuál es mi verdad? ¿Cómo se proyecta en lo que pienso y hago?

Hoy hemos ido doce personas del Instituto Tramontana al archivo de la HfG de Ulm, la escuela que convirtió la modernidad en diseño. Cada uno de nosotros buscaba algo. Algo breve o duradero, ténue o profundo, momentáneo o trascendental… Nadie ha salido indiferente.

Horas después, entre cervezas, algunos hemos verbalizado nuestro sentir: angustia, pequeñez, desorientación, deber… No hay convicción sin duda previa ni belleza sin dolor. Aquí vinimos a sentir, a enfrentarnos a grandes ideas, propósitos y proyecciones. Vinimos a entender a algunos maestros para después abrazarlos y tratar de potenciarlos, o quizás confrontarlos. De aquí saldremos con intuiciones, sensaciones o quizás certezas, nunca indiferentes. El tiempo convertirá todo eso en algo mayor, más denso, más fuerte, más intenso en nuestro interior.

Profesión es profesar. Profesar exige sentir que lo que hacemos viene de antes que nosotros y se proyecta más allá. Somos alumnos de maestros que nos recuerdan que seremos maestros de otros alumnos.

Nuestro deber es decidir qué es lo inmutable y transmitirlo. 

No aspiramos a lo viable sino a lo excepcional, no perseguimos lo bueno, sino lo elevado. No vamos a apagarnos en la mediocridad, queremos arder en lo bello.

Ulm nos apela, nos exige. Mostrándonos el pasado nos obliga a desear un futuro, el nuestro. Ulm es una imposión de incógnitas, de preguntas nuevas. Es una fuerza que atrae toneladas de dudas hacia nosotros y que empieza a provocar hilos de ideas hacia afuera, senderos que tornarán en caminos y, quién sabe, quizás en rayos de luz.


La mayoría de fotos no son mías, lo son del grupo que estuvo de viaje y de Cova Canitrot, parte del equipo del Instituto.

Doce ideas sobre ideología y diseño

Un buen debate es como el viento que despeja un territorio de nubes: aclara ideas, posiciones y la escena se vuelve más nítida. Ayuda a entender mejor los argumentos propios y los del otro.

Ayer debatimos en Vidiv unos cuantos sobre si era deseable un diseño politizado. Aquí van mis notas sobre el tema, algo más pulidas tras la fricción de argumentos que provoca el debate.
 

I

Una aclaración necesaria: el diseño tiene casi siempre consecuencias políticas, pero no siempre tiene intención política. Las consecuencias son inevitables, la intención la decidimos quienes diseñamos.

 

II


Una premisa: diseñar implica resolver un reto (problema, necesidad, tarea) entendiendo el contexto en el que se resolverá y las personas implicadas en ello. A mayor conocimiento de contexto y usuario, más probabilidad de acertar en la resolución. Podríamos llamarlo diagnóstico. Y no hay buen tratamiento sin buen diagnóstico.


III


Una obviedad: una ideología tiene siempre dos partes. La primera es una idea de cómo deseamos que sea el mundo. la segunda, un programa, una serie de acciones para llegar a ese modelo de sociedad.

La ideología no busca entender el mundo, busca transformarlo. No busca abrazar la verdad como es, sino encajarla en su modelo. 

No se puede entender una necesidad, problema, objetivo de diseño si no se desea entender y aceptar la realidad tal y como es. Si sustituimos diagnóstico por ideología, resolveremos siempre peor.

La contaminación del diagnóstico por nuestra forma de ver el mundo es inevitable. La contaminación consciente e intencionada es injustificable.

Un error: sustituir investigación por cosmovisión.
El diseñador ideologizado va por ahí con una solución en busca de problemas.
 

IV

Somos seres políticos. Todos tenemos ideología, de forma más o menos consciente y manifiesta. Eso no significa que tengamos que retregársela a todo lo que hacemos.

 

V

Otro error: confundir ética con política. Actuar moralmente, evitar el mal en tus decisiones de diseño, es ético, no necesariamente político.

 

VI

Dos ejemplos:

  1. ante un dolor de ovarios, un ginecólogo ultraconservador concluye que esa mujer debe tener hijos para que ese dolor desaparezca. Su actitud ultraconservadora le lleva a confundir tarea y usuario: se olvida de que su usario es la mujer que tiene delante y que la tarea es curar ese dolor de ovarios porque su ideología le dice que la tarea es subir la natalidad y la sociedad es “el usuario”.

  2. Le Corbusier se atribuye la responsabilidad de renovar “el viejo mundo”. Proyecta grandes barrios con bloques de viviendas masivos obsesionado por la renovación estética y por la optimización de recursos. El resultado: estructuras deshumanizantes que acaban sumiendo en mayor miseria a sus habitantes, que anulan toda posibilidad de espontaneidad, que limitan y alienan igualando a todos en la colmena. Ejemplos: Los ‘grands ensembles’ de Marsella y Nantes o la Interban de Berlín.

Una curiosidad: en la URSS se copiaba todo el diseño de occidente que se podía. No dieron con un buen modo socialista de hacer buenos productos.

 

VII

Todos nos sabemos bienintencionados, pero la calidad del diseño está en los resultados, no en la intención de quien lo proyecta. Investigación, estudio y entendimiento ganan a buenas intenciones. Búsqueda de la verdad gana a ideología. 

Construir sobre la verdad es más duradero que hacerlo sobre la ideología.

 

VIII

El diseño se debe al encargo: alguien señala el problema y nos pide que lo solucionemos. El encargo puede venir de nosotros mismos, de un cliente, de un partido o de un amigo, pero siempre lo hay. Es la intención previa, la definición del problema (necesidad, objetivo, reto).

El ejercicio de la política es priorizar, elegir qué cosas son un problema y cuáles no. Y asignar encargos y recursos a ello. Algunos de esos encargos son de diseño.

 

IX

Elegir a nuestros clientes es el mayor acto político que podemos hacer como diseñadores. Una vez hecha la elección, resolvemos el encargo con la mayor solvencia técnica posible. Lo político es elegir la intención, no ejecutar.

La ideología está, debe estar, pero no en la ejecución. 

Un profesional ideologizado confunde lo que sucede con lo que quiere que suceda; sea de derechas o de izquierdas, no hay sector ajeno a este fenómeno.

Nadie quiere criterios ultraconservadores, neoliberales, socialdemócratas o libertarios en su tratamiento médico, en el diseño de su barrio o en el menú del comedor escolar de sus hijos.

 

X

Otro error: confundir política y cultura.

El diseño no es cultura pero bebe de ella y a su vez desemboca en ella. La usa y la crea en un ciclo infinito. Cuando el diseño se acerca a la cultura no lo hace como a la ideología. La cultura siempre suma y no es un recurso escaso.  La cultura es la expresión creadora de una sociedad y acercarse a un ámbito de lo cultural no va en detrimento de otro. No habría que confundirlos.

XI

Hechos > argumentos > opiniones.

XII

La conciencia de nuestros sesgos es el primer paso para un ejercicio profesional bueno. El segundo es la integridad: que nuestros discursos se alineen con nuestros actos. 

Elegir para quien diseñamos, al servicio de quién y de qué ponemos nuestro esfuerzo y conocimiento es el único acto ideológico deseable.


Aquí está el vídeo de la sesión de debate que menciono al inicio del post: